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Nieblas de la Mártir
Símbolos de la Mártir
Voto concepcionista
La Túnica de la Mártir
27 de abril de 2017

LAS NIEBLAS DE LA MÁRTIR

Todo emeritense sabe qué son “las nieblas de la Mártir”, esas brumas propiciadas por el río que aparecen puntualmente por la ciudad., casi de una manera continua, en torno a la festividad de la Patrona. Decía el escritor extremeño Pedro de Lorenzo, al referirse a este típico fenómeno de nuestra climatología: “Todo en Mérida incluso las brumas del río, nieblas de la Mártir- se acoge a la advocación de Olalla” y es verdad: son tan nuestras que muchos no concebimos los días del tiempo de Santa Eulalia sin que la querida presencia de ellas, aunque sean a veces molestas, aunque para los reumáticos no sean precisamente beneficiosas, pero todos las damos por buenas porque son consustanciales a nuestro paisaje.

Y, además, nos recuerdan a uno de los episodios ocurridos con motivo del martirio de la Santa, referido por el calagurriano Marcial en la estrofa 36 de su himno: “He aquí que el invierno glacial arroja nieve y cubre todo el foro, envuelve también en los miembros de Eulalia que yacían bajo la fría bóveda celeste, haciendo las veces de una capa de blanco lienzo”. No es la nieve sino la niebla en este caso, la que se presenta simbólicamente para cubrir amorosamente los miembros despedazados de la doncella y eliminar así el oprobio buscado por sus verdugos.

Así las cosas, la ciudad con su temporal envoltorio ve cambiar su fisonomía radicalmente: el río apenas se ve y menos la orilla izquierda, las calles y los rincones tradicionales de la ciudad ofrecen nuevas visiones.

Un buen amigo mío, D. Manuel de la Barrera Ocaña, que fue durante muchos años fotógrafo del Museo Nacional de Arte Romano, me comentaba un buen día al recordar conmigo estos tiempos, lo sobrecogedor del ambiente emeritense en estos días. Él lo notaba especialmente cuando pasaba por el solitario parque de López de Ayala camino del chalet de su tío D. Abelardo Barrera situado en la entonces afueras de Mérida, hoy avenida de Juan Carlos I. La soledad del hermoso parque, las hojas caídas en el suelo y la niebla que invadía todos los rincones antes de provocarle algún lógico temor, le emocionaban al considerar familiar ese ambiente.

Es la misma impresión que sentíamos de niños en los paseos, por la ciudad y el campo, con mi padre a quien tanto le atraían los días de niebla siempre en el recuerdo de sus queridas tierras del norte, de las brumas de su llanada alavesa. Conservamos en casa varias fotografías que le gustaba hacer en esos días y que recoge hermosas instantáneas de la calle Holguín, de la calle de Sancho Pérez en la que se adivinaba, al final, la entrañable mole del convento de Santa Clara o el Paseo de Guadiana, hoy convertido en una avenida y antes en un paseo semi rural con una explanada, en la que instalábamos los niños de los alrededores nuestro campo de fútbol, con el riesgo, siempre presente en tener que recoger más de una vez de las aguas la pelota o el balón de cuero. Una explanada que, también, era aprovechada en estos días decembrinos para la instalación de atracciones de feria bien celebradas por nosotros, las voladoras, las barcas, los coches de choque con posterioridad y, rara vez, algún circo, o teatro de variedades que pasaba con nosotros las navidades.

No menos hermoso era, y lo sigue siendo, contemplar, y a veces sólo adivinar, los altos pilares del acueducto de “Los Milagros”, llamados así por el elemento popular emeritense por considerar ciertamente milagroso que se mantuvieran aún enhiestos, entre la niebla, que llegaba a aumentar su majestuosidad, de su ministerio, como verdadero “Puente del Diablo” tan presente en la tradición española.

En el campo, la niebla ofrecía también matices bien sugerente que a nosotros nos gustaba contemplar con deleite. Un atardecer me sorprendió en el campo, en el “Prado Viejo”, una espesa niebla que poco a poco fue apoderándose cambiándolo todo y llenándolo de misterio. Me ví, sin querer, sumido en profundas meditaciones provocadas por la situación y no pude por menos que describir el fenómeno y lo que yo experimentaba en cada momento:

Va cayendo la noche con su carga de soledad
blanquean los campos con suspiros de silencio.
Las sombras se hacen eternas como las horas de los hombres.

La niebla goza en ollas y arroyos, tiñe de misterio el contorno. A veces me pregunto que habrá detrás de la niebla: ¡Posiblemente sólo yo!

Y cómo decíamos, y seguimos diciendo: ¡Mañanita de nieblas, tarde de paseo! Y así sucedía, tras la niebla se abría el día y dejaba salir el sol. Pero, en ocasiones eran días de niebla: Mérida se convertía en un pequeño Londres victoriano.

José María Álvarez Martínez.

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